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Los aeropuertos y las mamás

Mi relación con los aeropuertos es… ambigua.

Amo viajar. Odio hacer maletas. Nunca me han gustado las despedidas.

Me encanta llegar temprano cuando sé que vienen mis hijos —aunque eso implique esquivar el parking del aeropuerto.

Desde pequeña, los aeropuertos han sido parte de mi historia. Iba y venía para recibir a mi madre, que vivía en el extranjero. En Latinoamérica, cuando alguien llega o se va, no llega solo: llegan todos. Primos, tíos, hermanos, sobrinos… una multitud.

Y yo, la hija, queriendo ese momento solo para mí. A veces me invadía una pequeña molestia difícil de explicar. Y ni hablar de las despedidas. Eso sí que era una pesadilla.


Curiosamente, cuando con apenas 10 años viajé sola para reencontrarme con ella en España, el aeropuerto dejó de ser enemigo y se convirtió en aliado. Era el puente.

Años después, ya como madre, viví otra escena. Viajaba con mi hijo —tenía seis, nueve meses… no lo recuerdo bien—. Después de cambiarle el pañal y pensar “ya está, todo bajo control”, en cuestión de segundos mi hermoso bebé había decidido escaparse del carrito, con el pañal pidiendo un nuevo cambio, listo para escalar su propia libertad.

Resultado: segundo cambio, cero dignidad… y horas sentada en el aeropuerto aceptando la situación como una lección de vida.


Por cierto, todo esto ocurrió en el mismo aeropuerto del país donde hoy viven mis dos hijos. Casualidad… o ese tipo de bromas silenciosas que hace el destino.

La cuestión es que los aeropuertos y yo siempre vamos a tener esta relación de amor… con cierto resentimiento elegante.

Me llenan de alegría cuando, a través de las puertas de llegada, veo aparecer a mis hijos. Ellos, que me dieron el título más importante de mi vida: ser mamá.

Y, aun así, me dejan un nudo en la garganta cada vez que tengo que dejarlos ir.

No porque quiera retenerlos. Al contrario. Me siento feliz, agradecida y profundamente orgullosa de verlos crecer, avanzar y construir su camino —aunque sea lejos, en otros países.

Creo que muchas madres sentimos lo mismo: no queremos detenerlos… solo quisiéramos, a veces, que los aeropuertos fueran un poco más fáciles de llevar… o que existiera la teletransportación, aunque fuera solo para cenar con ellos, abrazarlos y ver una película un miércoles por la noche.

Y como sé que no soy la única, hoy quiero decir:

Feliz día a todas las madres. Pero especialmente a las que conocen bien los aeropuertos.

A las que miran las pantallas de salidas con una mezcla de orgullo y silencio. A las que esperan, siempre, la próxima llegada.

Y a las que saben que, aunque el tiempo pase y los hijos se conviertan en hombres y mujeres, siempre habrá un instante —al cruzar una puerta— en el que los volvemos a ver con cinco añitos, caminando hacia nosotras.

Y volvemos a escuchar la palabra que más nos gusta en el mundo:

Mamá.

Feliz día a las mamás del mundo P’Cante. P’Cante.


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